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viernes, 1 de marzo de 2013

DIAS DE CINE

Hubo un tiempo en que ir al cine era un acontecimiento. Lo era para mí  y creo para casi todos los que vivíamos en ciudades pequeñas, donde la variedad de ocio era escasa. Localizar la cartelera para saber que películas y en que cines se exhibían,  elegir el horario,  por lo general la última función  porque el cine  solía ser el colofón habitual a las salidas del fin de semana; un  paseo, una cena, y una película como broche...
Las salas tenían nombre bonitos, nombres que les daban categoría: Capitol, Astoria, Gran Hotel, Rialto, Principal,  Princesa; y por lo general se encontraban en el  centro de las ciudades en  calles o avenidas importantes. En sus fachadas clásicas lucían grandes carteles con la película de turno  y unas luces que sobresalían de las del resto de la calle. Una taquilla para comprar las entradas, pequeña, casi minúscula justo al lado de la puerta que custodiaba un portero generalmente vestido con algo parecido a un uniforme que  cortaba las entradas mientras te abría paso a  un hall grande decorado  con cortinajes; lámparas que iluminaban tenue y grupos de butacas tapizadas en terciopelo rojo  para hacerte más  glamourosa que no más cómoda la espera. Por lo general al fondo del hall una pequeña barra de bar donde algunas personas tomaban un café y un cigarrillo cuando fumar no solo no estaba prohibido sino que incluso estaba bien visto, mientras esperaban a que acabase el anterior pase.  Podías disfrutar de la espera con la  exposición de algunos carteles de títulos míticos “Lo que el viento se llevó”, “Casablanca” “Psicosis” o deleitarte con la visión de las múltiples fotografías de estrellas de Hollywood que miraban desde las paredes, Verónica Lake, Bergman, Brando, Marilyn, incluso alguna española de su categoría como la Montiel.
La gente esperaba a poder acceder a la sala charlando en voz baja, respetando el lugar en donde se encontraba, siendo consciente que aquel recinto aunque de ocio  reflejaba la cultura de un espectáculo al que llamaron séptimo arte...
Por supuesto no se podía pasar a la sala ni con palomitas, pipas, bebidas ni nada que se le pareciera.
Una vez en la sala  la gente se acomodaba  y  esperaba se cerraran las puertas que no eran tan fáciles de flanquear  una vez iniciada la emisión de la película; entonces para entrar, bien por llegar retrasado o por salir al baño debías hacerlo acompañado de un acomodador que con una linterna te acompañaba al asiento , mientras te sentías observado por casi toda la sala que de un modo callado te hacía sentir que estabas molestando con tu impuntualidad o tus inconveniencias..
No soy de quienes piensan que cualquiera tiempo pasado  fue mejor y eso que en estos días que corren no es difícil refugiarse en esa creencia. La nostalgia es refugio para viejos y solo la esperanza e ilusión en el futuro puede hacer avanzar, ahora bien, creo que algunas cosas con el paso del tiempo, en su afán  de modernización han perdido una parte importante de su esencia y con ello mucho de su razón de ser.
Las obras de Velazquez, Picasso, Gauguin o cualquier otro artista no se lucen tan bien en el Prado, Reina Sofía o Thyssen como si las expusieran en medio de la sección de congelados de cualquier Hipermercado por famoso que fuera.
Dudo que un  buen perfume excite nuestros sentidos igual si va en un  magnífico frasco de cristal que si lo ponen en un tarro de plástico, al igual que el  champán o un buen vino saben mejor que en vaso en una bella copa.
Suelo pensar estas cosas  cuando voy a  ver una película a  una sala de estas que existen ahora,  mejor dicho, en las ciudades pequeñas las únicas que existen porque la mayoría de los antiguos cines han desaparecido. Salas ubicadas en medio de estaciones de tren o de hipermercados y rodeadas de salones de juegos para celebraciones de cumpleaños infantiles, de hamburgueserías  y  ofertas del carro de la compra de la semana. Lugares atendidos por la persona que a la vez te vende la entrada te ofrece palomitas, refrescos, tarjeta de amigo del cine, ticket descuento…salas enormes donde las butacas han sido diseñadas por el  ingeniero de la nave Nostromus  y donde cada vez es más fácil dejarte llevar por el pensamiento de  la próxima película la veo en la comodidad del sofá de mi casa.
 El mundo del cine , como todo, ha cambiado, se ha modernizado , alejándose un poco del concepto de arte que tuvo en sus orígenes para acercarse  muchísimo a la tecnología, por eso creo que nuestros actores no lo tienen muy fácil, viven en un país donde la cultura no es considerada prioritaria, trabajan en uno de los lugares  con más paro de Europa  y además tienen que lidiar contra algo que les hace una muy dura competencia , la tecnología que ha puesto al alcance de  la gente la posibilidad de ver una película sin necesidad de pisar una sala de cine
Lo vuelvo a pensar cuando veo las ceremonias de Goya, Bafta, Cesar o los todo poderosísimos Oscar, donde por unas horas el cine vuelve a vestirse de gala y aspira  a recuperar  la importancia social que tuvo en unos tiempos en donde no tenía casi ningún espectáculo con quien competir.
Pero no va a ser fácil recuperar la posición que tuvo  porque a determinadas cosas de la vida la accesibilidad  y facilidad para obtenerlas les resta interés, el exceso de popularidad las vulgariza ,así que o se hace un esfuerzo para volver a dotar al cine de lo que en su día fue , una expresión artística donde el entretenimiento, la denuncia social, el misterio y el glamour convivían a fin de que recupere su categoría de arte  o se termina reforzando su faceta tecnológica   con lo cual los trabajadores del cine, exhibidores y público nos adaptamos a otro tipo de espectáculo   ni mejor ni peor, distinto. Otro  tipo de cine.

Fabiola Rodriguez

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