El dolor es inabarcable. No tiene forma, ni tamaño, ni color, no tiene medida. No es fácil de explicar.
No hablo del dolor físico, sino de un tipo de dolor que no se mide por parámetros conocidos, ni en términos de neurotransmisores, ni en territorios anatómicos. Es el sufrimiento, es el dolor del corazón o de la mente o del alma, según quieran explicarlo, según lo definan los que lo padezcan, según se acomode al fenómeno al que acompaña; un desamor, una pérdida ,un fracaso.
El dolor nos empequeñece y nos acobarda porque nos recuerda que todo no lo podemos controlar , porque nos obliga a depender de quien creemos sabe o puede aliviarlo.
El dolor nos aísla de los demás porque se asoma a nuestra cara , la transforma ,la afea y la entristece , enseña nuestras miserias así que la mayoría de los que lo ven reflejado tratan de evitarlo, le dedican poco tiempo , unos minutos, no demasiados para que no les roce ni se fije en ellos.
El dolor es desagradable en si mismo y por sus acompañantes que no suelen ocupar el top ten de lo más valorado ni pasear alfombras rojas ni adornarse de glamoures, más bien al contrario, suele viajar con la enfermedad, la soledad, el abandono, la ruina y la desesperanza.
El dolor somete a los que lo padecen y empapa como una lluvia fina a los que lo frecuentan de un modo lento e inexorable, éstos últimos no son conscientes de que esto pasa, pero así es , a base de lidiar día a día con el sufrimiento, a base de querer transmitir bálsamo a los que lo viven a fuerza de mantener la compostura y hacer esfuerzos para aliviar, terminan desarrollando una capa de aparente impermeabilidad, una actitud de falsa tolerancia , una imagen de casi normalidad, que viene a hacerles creer que lo tienen superado , que pueden rozarse con él y salir indemnes.
Pero no es cierto, porque la avidez devoradora del dolor no tiene límite y en la solicitud de consuelo nunca se ve satisfecho, con lo cual reclama más y más a quien trata de aliviarlo de modo que ambos se retroalimentan sin que el primero nunca se calme del todo ni el segundo sea consciente de su desgaste emocional en el envite.
El dolor es callado, sigiloso , pertinaz y termina contagiando a su cuidador, a su consuelo ,de un modo que este no llega a ser consciente de como este sufrimiento crónico lo ha contaminado, como forma ya parte de él demostrando día a día que no se sale indemne de esta batalla ,que en el alivio del otro ha ido dejando trocitos suyos, jirones de si mismo que iniciarán su propio dolor ,un dolor que nadie va a tratar de aliviar porque ha aprendido tan bien a preocuparse del de los otros que casi no sabe ya mostrar el suyo propio.
Fabiola Rodríguez