Llueve en La Habana cuando me he alejado lo suficiente del hotel como para dudar si me compensa volver o no hacia atrás.
Llueve mientras camino embelesada observando la silueta que se recorta a lo lejos del Hotel Nacional, no por tantas veces vista menos majestuosa .
Llueve un agua fina como una ducha que intenta más que consigue limpiar el aire del humo de unos coches que ya circulaban estas calles allá por los 50.
Llueve un agua cálida que moja a la vez que alivia el bochorno que se ha instalado en la ciudad tras una mañana de sol abrasador.
Llueve sin pausa, una cascada que se desploma de un cielo gris que ha oscurecido la ciudad de pronto.
Llueve cuando observo metros de cables pelados, colgando de las paredes, cajetines de fusibles abiertos que han aprendido a esquivar las gotas y desafían al azar del cortocircuito..
Llueve un agua mansa que acompasa el devenir de una ciudad donde ni abriéndose en dos el cielo la gente apresura el paso.
Llueve un agua densa donde las gotas te envuelven por completo antes de estrellarse contra el suelo formando burbujas que se elevan por encima de los charcos.
Llueve mientras los socavones de aceras y calzada se convierten en charcas irregulares que esquivan con destreza ciclistas y cocotaxis.
Llueve sobre un mar que se manifiesta en múltiples colores, ensayando tonos desde verdes a violetas ,encrespándose en la espuma de las olas que rompen a lo largo del Malecón.
Llueve sin descanso sobre los maltrechos tejados de una ciudad que se aguanta apuntalada entre pocos andamios y mucha buena voluntad.
Llueve cuando veo como se refugian bajo soportales con más goteras que la calle los amigos que han empezado su enésima partida de dominó o de ajedrez
Llueve y me sorprendo contemplando más tiempo de lo razonable a ese negro descamisado en el que resbalan las gotas de agua dibujando a través de una piel de satén una anatomía perfecta.
Llueve mientras miro el juego de los chiquillos en los charcos, retozando en ellos a modo de improvisadas piscinas.
Llueve y me descubro empapada desde el sombrero a las sandalias , dudando si uno y otras volverán a ser utilizables.
Llueve y me decido a permanecer allí mirando ese trozo de mar , por el que casi nunca navegan barcos actuales porque parece aún estar guardando el espacio de carabelas , veleros y bergantines...
Llueve y me doy cuenta que ha desaparecido el bochorno ,el aire huele a limpio y los flamboyanes parecen arder
Llueve cuando pido un ron en el Café de Prado y contemplo el Morro poderoso y descarado entre las nubes y las olas .
Llueve cuando suena en la radio del local la voz de Benny Moré con acordes de bolero.
Llueve cuando pienso que la felicidad es un estado que se consigue a base de momentos como este.
Aún no ha dejado de llover cuando me confieso que podía quedarme en esta ciudad mucho, mucho, mucho tiempo....
No hay comentarios:
Publicar un comentario