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martes, 1 de mayo de 2012

LLUEVE EN LA HABANA

Llueve en  La Habana  cuando  me he alejado lo suficiente del hotel como para  dudar si me compensa volver o no hacia atrás.
Llueve  mientras camino embelesada observando la silueta que se recorta a lo lejos del Hotel Nacional, no por  tantas veces vista menos majestuosa .
Llueve un agua fina como una  ducha que intenta  más que consigue limpiar el aire del humo de  unos coches que ya circulaban estas calles allá  por los 50.
Llueve un agua cálida que  moja a la vez que alivia el bochorno que se ha instalado en la ciudad tras  una mañana de sol abrasador.
Llueve  sin pausa, una cascada que se desploma de un cielo gris que ha oscurecido la ciudad de pronto.
Llueve  cuando observo  metros de cables pelados, colgando de las paredes, cajetines de fusibles abiertos  que han  aprendido a esquivar las gotas  y  desafían al azar del cortocircuito..
Llueve  un agua mansa que acompasa el devenir de una ciudad donde ni abriéndose en dos el cielo la gente apresura el paso.
Llueve un agua densa donde las gotas te envuelven por completo antes de estrellarse contra  el suelo  formando burbujas que se elevan por encima de los charcos.
Llueve mientras los socavones de aceras y calzada se convierten en  charcas  irregulares  que esquivan con destreza ciclistas y  cocotaxis.
Llueve  sobre un mar que se manifiesta en múltiples  colores, ensayando tonos desde verdes a violetas ,encrespándose en la espuma de las olas  que rompen a lo largo del Malecón.
Llueve sin descanso sobre los maltrechos tejados de una ciudad  que se aguanta apuntalada  entre pocos andamios y mucha buena voluntad.
Llueve  cuando  veo como se refugian bajo soportales con más goteras que la calle  los amigos que han empezado su enésima partida de dominó o de ajedrez
Llueve y  me sorprendo  contemplando más tiempo de lo razonable a ese negro descamisado en el que resbalan las gotas  de  agua  dibujando  a través de una piel de satén una anatomía perfecta.
Llueve mientras  miro el juego de los  chiquillos en los charcos, retozando en ellos a modo de improvisadas piscinas.
Llueve  y me descubro empapada desde  el sombrero a las sandalias , dudando si uno y otras volverán a ser  utilizables.
Llueve y me decido a permanecer allí mirando ese  trozo de mar , por  el que casi nunca  navegan barcos actuales porque parece  aún estar guardando el espacio de carabelas , veleros y bergantines...
Llueve y  me doy cuenta que ha desaparecido el bochorno ,el aire huele a limpio y  los flamboyanes parecen arder
Llueve cuando pido un ron en el  Café  de  Prado y contemplo el Morro  poderoso y descarado entre las nubes y las olas .
Llueve cuando suena  en la radio del local la voz de Benny Moré con  acordes de bolero.
Llueve cuando pienso que la felicidad es un estado que se consigue a base de  momentos como este.
Aún no ha dejado de llover cuando me confieso que podía quedarme en esta ciudad mucho, mucho, mucho tiempo....

Fabiola Rodríguez Tébar

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