No he olvidado su nombre, pero aquí la llamaré Teresa. La primera vez que la ví, caminaba el pasillo, arrastrando sus pocos kilos sobre unas babuchas más grandes que sus pies, envuelta en un camisón de los servicios sanitarios, de esos que te despersonalizan nada más intentar abrochártelos a la espalda. Como única compañía, un catéter de tres pasos que a modo de mano la conectaba al gotero que desde hacía dos días la mantenía tranquila e hidratada.
Teresa era uno de esos personajes que en un hospital terminas conociendo por nombre y apellidos e incluso llegas a echar de menos cuando pasan unos meses sin verla.
Su vida era digna de un guionista de cine y si en lugar de pertenecer a un pueblo de ganaderos hubiera vivido cerca de un buen productor de Hollywood se la hubieran disputado para contarla,cualquier actriz guapa y joven se hubiera sometido a horas de maquillaje , estudiado sus gesto, adaptado a su tristeza para quedar bien en la pantalla y hacerse digna de un oscar , pues su historia era de las que da para ríos de tinta y de lágrimas.
Cuando Teresa ingresaba en la planta , algo habitual cada seis meses, con una periodicidad casi perfecta , pasaba varios días sometida a interrogatorios, exploraciones y sesiones clínicas de los profesionales , pruebas que terminaban en un callejón de múltiples negativos y sin ninguna salida..
Su comportamiento era mecánico, preciso, los dos primeros días apenas conectaba con nadie, tendida en la cama con la mirada perdida se dejaba hacer , llevar , permanecía como una muñeca con los ojos fijos mientras médicos, residentes, estudiantes y enfermeras la movían, exploraban, y manejaban como un objeto.
Al tercer día, como una planta a la que el riego y la luz ha hecho renacer se levantaba de la cama , peinaba sus cabellos en un moño antiguo, se ponía algo de colorete y agarrada a su gotero al que se abrazaba casi con cariño, paseaba por los pasillos de la planta saludaba a los profesionales a los que conocía por su nombre y ejercía de compañía de aquellos otros pacientes que bien por estar más enfermos ,más solos ,más deprimidos o todo a la vez veían en alguien como ella un trazo humano entre tubos, vendas, agujas y fármacos.
Agotados los plazos de las pruebas complementarias cuando los profesionales por segunda, o tercera vez en un año no encontraban rastro de isquemia coronaria a la que achacar sus dolores de pecho, de insuficiencia respiratoria a la que culpar de sus múltiples ahogos ,de úlcera péptica a la que asociar sus ardores, nauseas o vómitos, ni siquiera una mínima alteración analítica que explicara sus pruritos, astenias y dolores, se concluía que había que darle el alta.
El profesional que le comunicaba los resultados a Teresa ya tenía asumido que no iba a ser tarea fácil porque a diferencia de otros pacientes que ansiaban huir de aquel lugar frío y despersonalizado ella argumentaba que una semana no era suficiente, pues aunque reconocía su mejoría no habían cesado algias, regurgitaciones, ahogos y opresiones.
El final ,siempre era el mismo, el que llevaba el alta médica ante la imagen de Teresa en la cama con acentuada palidez, ojos llorosos e imposibilidad de levantarse ,decidía agotar un último cartucho, demorar la decisión y asegurarle unos días más de hospitalización. Para ello , como había aprendido en otros ingresos previos, nada como hacer una ínterconsulta a los servicios mentales .
El Dr. Bonet también era muy conocido en el hospital, probablemente de los Jefes de Servicio más veteranos . Acudía a la cama donde se encontraba Teresa, con su historia clínica en la mano, una historia que conocía al dedillo, después de llevar tratándola varios años. Se acercaba a la cama, aproximaba una silla, fingía sorpresa al verla ; Teresa, usted por aquí? Hacía tiempo que no la veía!. Como se encuentra?.
Volvía a mirar las hojas, se sentaba, agarraba sus dedos finos suavemente como acariciándolos e iniciaba una conversación no por ya múltiples veces repetida, menos terapéutica.
Veo que tiene un poco bajo el hierro , verdad que se cansa?
Sí doctor, .? Pues fíjese! me querían dar el alta..
No se preocupe , yo le pondré durante unos días un tratamiento y vendré a ver como se encuentra , solo cuando yo vea que está bien podrá marcharse y la citaré unos días después en mi consulta.
Teresa se incorporaba en la cama, volvía a asomar una mínima luz a sus ojos, hacía regresar el color a sus mejillas y manteniendo agarrada la mano del médico contestaba:
-Siempre que vengo digo que le llamen doctor, a usted que me conoce y sabe de mis dolencias pero se empeñan en hacerme pruebas y pruebas, cuando ya me han mareado intentan mandarme a casa pero yo insisto porque solo usted sabe lo que me pasa, usted que me lleva tratando desde siempre.
No se preocupe, decía el médico garabateando algunas notas en la historia, le modificaré el tratamiento, mañana le repetirán unas pruebas y vendré a verla de nuevo.
Cuando Bonet se marchaba , Teresa esperaba el siguiente paso del protocolo, pasaba una enfermera que cambiaba su suero por otro diferente , se relajaba unos minutos, volvía a rehacer su moño, aplicaba colorete a las mejillas y de nuevo como del brazo de un novio paseaba su gotero por el pasillo visitando nuevos ingresados..
Mientras el Dr. Bonet también aplicaba el protocolo, rellenaba un nuevo volante de analítica se programaba unos huecos varias mañanas para visitar a Teresa ,los necesarios hasta que ambos comprendieran que el proceso de recuperación estaba en marcha y acordaba una hora de sesión clínica con los residentes que en ese momento estaban en su servicio .
En la sesión volvería a explicar por enésima vez la patología que a esta paciente aquejaba., oiría solicitar múltiples pruebas complementarias , de nuevo tendría que argumentar entre TAC y RNM que Teresa no padecía ningún síndrome extraño, ni precisaba nuevos estudios de catecolaminas, que tenía un cerebro más sano que la mayoría , que por muchos análisis que se le practicaran sería raro ver algún parámetro alterado ,volvería a tener que fingir que no se daba cuenta de las risillas y codazos cuando dijera que su enfermedad estaba en el alma, lo que volvería a incrementar en una nueva promoción de residentes su fama de raro.
Terminada la sesión dejaría a los residentes deliberando y haciendo búsquedas bibliográficas, mientras él se perdería en dirección a su despacho y como otras veces esperaría ver llegar a algunos de ellos, los que de verdad le habían escuchado , los que entre la ciencia habían dejado un hueco para saciar su curiosidad de conocer algo más A estos les explicaría como Teresa perdió a su marido en un estúpido accidente laboral a los 30 años , como su vida se desmoronó y todo su sistema de defensa sufrió una profunda convulsión , un terremoto emocional que la dejó exhausta y que le impidió volver a reír a carcajadas, que le dejó un profundo frío interior un vacío que no conseguía llenar con nada, y al que se sobrepuso porque sus dos hijas de 5 y 3 años la necesitaban , precisaban de ella ahora que la desgracia les había robado a ellas un padre y a ella toda su vida,
Allí sentado en su sillón de Jefe de servicio observaría sus caras atentas cuando les contara como los tratamientos con ansiolíticos , antidepresivos habían surgido efecto la primera vez que trató a Teresa en su consulta, él un Psiquiatra recién acabado que se enfrentaba a una mujer a la que la vida había golpeado, les diría lo fácil que le fue emitir un diagnóstico de Trastorno adaptativo mixto y extender una receta.
Le parecerían aún más atentos cuando les dijera que ya no fue tan fácil ni tan grato la segunda vez que la vio, cuando Teresa ingresó una madrugada por urgencias con sus venas cortadas casi exangüe 20 años después .El, ya jefe de servicio, mucho más experto, más seguro, más profesional , tardó en lograr que Teresa hablara casi 15 días después del ingreso , que le contara que esa noche, ”la del día que morí” venía de enterrar a sus dos hijas victimas de un atropello a escasos 100 metros de su casa.
Entre la ciencia pura, entre dopamina, serotonina, noradrenalina trataría hacerles entender como la capacidad de adaptación y respuesta de Teresa se dañaron de tal manera que todos sus sistemas de defensa, de reacción ,de supervivencia se trastocaron .Aún le sería más difícil explicar porque los múltiples fármacos que le administraban se escapaban por sus células heridas y no encontraban un lugar donde anclarse para volver a levantarla de nuevo .
Porque Teresa se lo había hecho entender tras los quince días que estuvo muda , “ la noche del día en que murió” , como no deseaba luchar, como había entregado su vida , había dejado que se le escapara con su marido y sus hijas. Las pastillas , las terapias la mantenían en pie , mantenían su cuerpo en este mundo al igual que una escayola mantiene el miembro deteriorado, pero su mente ya estaba en otro lugar- A veces cuando se acercaba un aniversario o la fecha del desastre el dolor se intensificaba ,las heridas sangraban , y su angustia se manifestaba en dolores, nauseas, taquicardias, entonces precisaba ayuda, acudía al hospital ingresaba unos días y se abandonaba a los cuidados de otros, .
Bonet lo sabía, así que aumentaba minimamente la dosis de ansiolíticos se sentaba a su lado agarraba su mano e intentaba en sus conversaciones a pie de cama que Teresa fuera recomponiendo sus pedazos .Días después cuando su cuerpo desnutrido y maltratado se rehacía con los cuidados hospitalarios , y su alma se anestesiaba un poco le planteaba enviarla a casa , entonces ella aceptaba de buen grado concertando una cita en la consulta externa a la que casi nunca solía acudir.
Luego, ella volvía a lo de siempre , su casa, sus perros vagabundos, su escasa comida, sus nulos cuidados, sus horas en el cementerio, la desnutrición, los servicios sociales, el nuevo ingreso, pruebas, otros médicos, otros compañeros de pasillos. Por su parte él también volvería a la suya, otros pacientes, otras historias hasta que le volvieran a llamar para reevaluar a Teresa , otra sesión , nuevos residentes ,otras preguntas ,mismas respuestas . Así se cerraba una y otra vez el círculo con Teresa, la persona que a un joven médico hacía ya muchos años le enseñó algo que él intentaba transmitir día a día a los que se molestaban en bajar a sus despacho a preguntarle, a los que miraban detrás de las múltiples pruebas , a los que tras la historia clínica veían el alma humana, en definitiva a aquellos que como él un día comprendieron que una cosa es la medicina y otra son los enfermos.
Fabiola Rodríguez Tebar
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