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sábado, 11 de febrero de 2012

TERESA

No he olvidado su nombre, pero aquí la llamaré Teresa. La primera vez que la ví, caminaba el  pasillo, arrastrando sus pocos kilos sobre unas babuchas más grandes que sus pies, envuelta en un camisón de los servicios sanitarios, de esos que te  despersonalizan nada más intentar abrochártelos a la espalda. Como única compañía,  un catéter  de tres pasos que a modo de mano  la conectaba al gotero que desde hacía dos días la mantenía tranquila e hidratada.
Teresa era uno de esos personajes que en un hospital terminas conociendo por nombre y apellidos e incluso llegas a echar de menos  cuando pasan unos meses sin verla.
 Su vida era digna de un guionista de  cine y si en lugar de pertenecer a un pueblo de ganaderos hubiera  vivido cerca de un buen productor de Hollywood se la hubieran disputado para contarla,cualquier actriz guapa  y joven se hubiera sometido a horas de maquillaje , estudiado sus gesto, adaptado a su tristeza para quedar bien en la pantalla y hacerse digna de un oscar , pues su historia era de las que da para ríos de tinta y de lágrimas.
Cuando Teresa ingresaba en la planta , algo  habitual cada seis  meses, con una periodicidad casi perfecta , pasaba varios días sometida a interrogatorios, exploraciones  y sesiones clínicas de los profesionales , pruebas que terminaban en un callejón de múltiples negativos y sin ninguna salida..
Su comportamiento era mecánico, preciso, los dos primeros días apenas conectaba con nadie, tendida en la cama   con la mirada perdida se dejaba hacer , llevar , permanecía como una muñeca con los ojos  fijos mientras médicos, residentes, estudiantes y enfermeras la movían, exploraban, y manejaban como un  objeto.
Al tercer día, como una planta a la que el riego y la luz ha hecho renacer se levantaba de la cama , peinaba sus cabellos en un moño antiguo, se ponía algo de colorete y agarrada a su gotero al que se abrazaba casi con cariño, paseaba por los pasillos de la planta saludaba a los profesionales a los que conocía por su nombre y ejercía de compañía de aquellos otros pacientes que bien por estar más enfermos ,más solos ,más deprimidos o todo a la vez veían en alguien como ella un trazo humano entre tubos, vendas, agujas y fármacos.
Agotados los plazos de las pruebas complementarias cuando los profesionales  por segunda,  o tercera vez en un año no encontraban  rastro de isquemia coronaria a la que achacar sus dolores de pecho, de insuficiencia respiratoria a la que culpar de sus múltiples ahogos ,de úlcera péptica  a la que asociar sus ardores, nauseas o vómitos, ni siquiera una mínima alteración analítica que explicara sus pruritos, astenias y   dolores, se concluía que había que darle el alta.
El profesional que le comunicaba los resultados a Teresa  ya tenía asumido que no iba a ser tarea fácil porque a diferencia de otros pacientes que ansiaban huir de aquel lugar frío y despersonalizado ella argumentaba que una semana no era suficiente, pues aunque reconocía su mejoría  no habían cesado algias, regurgitaciones, ahogos y  opresiones.
El final ,siempre era el mismo, el que llevaba el alta  médica ante la imagen de Teresa en la cama con acentuada palidez, ojos llorosos e imposibilidad de levantarse ,decidía agotar un último cartucho, demorar la decisión  y  asegurarle unos días más de hospitalización. Para ello , como había aprendido en otros ingresos previos, nada como  hacer  una  ínterconsulta a los servicios mentales .
El Dr. Bonet  también era muy conocido en  el hospital, probablemente de los Jefes de Servicio más veteranos . Acudía a la cama donde se encontraba Teresa, con su historia clínica en la mano, una historia que conocía al dedillo, después de llevar tratándola varios años. Se acercaba a  la cama, aproximaba  una silla, fingía sorpresa al verla ; Teresa, usted por aquí?  Hacía tiempo que no la veía!. Como se encuentra?.
 Volvía a mirar las hojas, se sentaba, agarraba sus dedos finos suavemente como acariciándolos e iniciaba una conversación no por ya múltiples veces repetida, menos terapéutica.
Veo que tiene un poco bajo el hierro , verdad que se cansa?
Sí doctor, .? Pues  fíjese! me querían dar el alta..
No se preocupe , yo le pondré durante unos días un tratamiento y vendré a ver como se encuentra , solo cuando yo vea que está bien podrá marcharse  y  la citaré unos días después en mi consulta.
Teresa se incorporaba en la cama, volvía a asomar una mínima luz a sus ojos, hacía regresar el color a sus mejillas  y manteniendo agarrada la mano del médico contestaba:
-Siempre que vengo digo que le llamen doctor, a usted que me conoce y sabe de mis dolencias pero se empeñan en hacerme pruebas  y pruebas, cuando ya me han mareado  intentan mandarme a casa pero yo insisto porque solo usted sabe lo que me pasa, usted que me lleva  tratando desde siempre.
No se preocupe, decía el médico garabateando algunas notas en la historia, le modificaré el tratamiento, mañana le repetirán unas pruebas y vendré a verla de nuevo.
Cuando Bonet se marchaba , Teresa esperaba el siguiente paso del protocolo, pasaba una enfermera que cambiaba su suero por otro diferente , se relajaba  unos minutos, volvía a rehacer su moño, aplicaba colorete a las mejillas y de nuevo como del brazo de un novio paseaba su gotero por el pasillo visitando nuevos ingresados..
Mientras el Dr. Bonet  también aplicaba el protocolo, rellenaba un nuevo volante de analítica se programaba unos huecos varias mañanas  para visitar a Teresa ,los necesarios hasta que ambos comprendieran que el proceso de recuperación estaba en marcha y acordaba una hora de sesión clínica con los  residentes que en ese momento estaban en su servicio .
En la sesión volvería a explicar por enésima vez la patología que a esta paciente aquejaba., oiría solicitar  múltiples pruebas complementarias ,  de nuevo  tendría que argumentar entre TAC y RNM  que Teresa no padecía ningún síndrome extraño, ni precisaba nuevos estudios de catecolaminas, que tenía un cerebro más sano que  la mayoría  , que por muchos análisis que se le practicaran sería raro ver algún parámetro alterado ,volvería a tener que  fingir que no se daba cuenta de las risillas y codazos cuando dijera que su enfermedad estaba en el alma, lo que volvería a incrementar en una nueva promoción de  residentes su fama de raro.
Terminada la sesión dejaría a los residentes deliberando y  haciendo búsquedas bibliográficas, mientras él se perdería en dirección a su despacho y como otras veces esperaría  ver llegar a algunos de ellos,  los que de verdad le habían escuchado , los que entre la ciencia  habían dejado un hueco para saciar su curiosidad de conocer algo más A estos les explicaría como Teresa perdió a su marido en un  estúpido accidente laboral   a los 30 años , como su vida se desmoronó y todo su sistema de defensa sufrió una profunda convulsión , un terremoto emocional que la dejó exhausta y que le impidió volver a  reír a carcajadas, que le dejó un profundo frío interior  un vacío que no conseguía llenar con nada, y al que se sobrepuso porque sus dos hijas  de 5 y 3 años la necesitaban , precisaban de ella ahora que la desgracia les había robado a  ellas un padre y a ella toda su vida,
Allí sentado en su sillón de Jefe de servicio observaría sus caras atentas  cuando les contara como los tratamientos con ansiolíticos , antidepresivos  habían surgido efecto la primera vez que trató a Teresa en su consulta, él un Psiquiatra recién acabado que se enfrentaba a una mujer a la que la vida había golpeado, les diría  lo fácil que le fue emitir un diagnóstico de Trastorno adaptativo mixto y extender una receta.
Le parecerían  aún más atentos   cuando les dijera que ya no fue tan fácil ni tan grato la segunda  vez que la vio, cuando Teresa ingresó una madrugada por urgencias con sus venas cortadas casi exangüe 20 años después .El,  ya jefe de servicio, mucho más  experto, más seguro, más profesional , tardó en lograr  que Teresa hablara casi  15 días después del ingreso , que le contara que esa noche, ”la del día que morí” venía de enterrar a sus dos hijas victimas de un atropello a escasos 100 metros de su casa.
Entre la ciencia pura, entre dopamina, serotonina, noradrenalina trataría  hacerles  entender  como la capacidad de  adaptación y respuesta de Teresa se dañaron  de tal manera que todos sus sistemas de defensa, de reacción ,de supervivencia se trastocaron .Aún le sería más difícil explicar porque los múltiples fármacos que le administraban se escapaban por sus células heridas y no encontraban un lugar donde anclarse para volver a levantarla de nuevo .
Porque Teresa  se lo había hecho entender tras los quince días que estuvo muda , “ la noche  del día en que murió” , como no deseaba luchar, como había entregado su vida , había dejado que se le escapara con  su marido y sus hijas. Las pastillas , las terapias la mantenían en  pie , mantenían su cuerpo  en este mundo al igual que una escayola  mantiene el miembro deteriorado,  pero su mente ya estaba en otro lugar- A veces cuando se acercaba un aniversario o la fecha del desastre el dolor se intensificaba ,las heridas sangraban , y su angustia se manifestaba en dolores, nauseas, taquicardias, entonces precisaba ayuda, acudía  al hospital  ingresaba unos días y se abandonaba a los cuidados de otros,  .
Bonet lo sabía, así  que  aumentaba minimamente la dosis de ansiolíticos  se sentaba a su lado agarraba su mano e intentaba en sus conversaciones a pie de cama que Teresa fuera recomponiendo sus pedazos .Días después  cuando su cuerpo  desnutrido y maltratado  se rehacía con los cuidados hospitalarios , y su alma se anestesiaba un poco le planteaba  enviarla a casa , entonces ella aceptaba de buen grado concertando una cita en la consulta externa a la que casi nunca solía acudir.
Luego, ella  volvía a lo de siempre , su casa, sus perros vagabundos, su  escasa comida, sus nulos cuidados, sus horas en el cementerio, la desnutrición, los servicios sociales, el nuevo ingreso, pruebas, otros médicos, otros  compañeros de pasillos. Por su parte él también volvería a la suya,  otros pacientes, otras historias  hasta que le volvieran a llamar para reevaluar a Teresa  , otra sesión , nuevos residentes ,otras preguntas ,mismas respuestas . Así se cerraba una y otra vez el círculo con Teresa, la  persona que a un joven médico hacía ya muchos años  le enseñó algo que él intentaba transmitir día a día a los que se molestaban en bajar a sus despacho a preguntarle,  a los que miraban detrás de las múltiples pruebas , a los que tras la historia clínica veían el alma  humana, en definitiva a aquellos que como él un día comprendieron que una cosa es la medicina y otra  son los enfermos. 

Fabiola Rodríguez Tebar

PD. A mis compañeros , en especial a los que como yo aman la Medicina...y los enfermos

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